Los niños no nacen con estas aptitudes, nacen con el potencial para desarrollarlas.

La gama com­ple­ta de habil­i­dades con­tinúa cre­cien­do y madu­ran­do en la ado­les­cen­cia y has­ta la edad adul­ta tem­prana, entre los 25 y 28 años.

Las prue­bas que miden las difer­entes for­mas de las habil­i­dades de la fun­ción ejec­u­ti­va indi­can que comien­zan a desar­rol­larse poco después del nacimien­to, sien­do las edades de entre 3 a 5 una ven­tana de opor­tu­nidad cru­cial. El desar­rol­lo con­tinúa durante la ado­les­cen­cia y la adul­tez tem­prana.

Para garan­ti­zar que los niños desar­rollen estas capaci­dades, es útil enten­der cómo la cal­i­dad de las inter­ac­ciones y las expe­ri­en­cias que nues­tras comu­nidades ofre­cen a los niños for­t­ale­cen o bien soca­van estas habil­i­dades emer­gentes.

Este desafío es rel­e­vante en todos los nive­les educa­tivos, ya sea con niños o ado­les­centes y los es más con adul­tos-jóvenes, puesto que se están for­man­do par aun desem­peño pro­fe­sion­al futuro, adquirien­do habil­i­dades y destrezas indis­pens­ables para realizar las acciones vin­cu­ladas a su car­rera, en la que requerirán habil­i­dades propias de su futu­ra labor y  per­son­ales que los ayu­den a desen­vol­verse en un entorno cada vez más com­ple­jo de la sociedad mod­er­na.